Nuestra fragilidad es patente. Variables los sentimientos, los percances, los temores, las incertidumbres y las ensoñaciones.
A veces, preferimos quedarnos detrás de una rejilla –sin ver o sin ser vistos– en medio del interrogante o de la indecisión. Necesitamos luz en los azogues, un norte mantenido y un caminar certero.
Porque estamos llamados a la armonía, abrimos las compuertas para intentar salir de la precariedad. Apremia tomar la palabra en momentos de escasez de valores,
falta de trascendencia y pérdida generalizada de lo eterno y sagrado.
La poesía viene en nuestra ayuda aportándonos claridad para acercarnos al Misterio.